• Adios Maestro

    La muerte de Ernesto Sábato deja un hueco en el corazón del pensamiento argentino. No era sólo un escritor, era un pensador, un intelectual cuyo mayor mérito fue el de siempre estar junto al trabajador. En las épocas oscuras de la Dictadura Militar Sábato no dudo en recibir a todo aquel que se acercaba reclamando por familiares desaparecidos.

     

     

    Fue un hombre que jamás se negó a firmar una solicitud reclamando justicia y, hemos de ser justos, en esa época era realmente momentos difíciles. En su obra literaria nos deja la concepción del porteño, tal vez por primera vez en la literatura Argentina, alguien pudo mostrar al hombre de ciudad con su problemas, sus contradicciones y sus dudas. No se poco merito para un hombre que consagró parte de su vida a las ciencias y luego, ingresando en un laberinto de contradicciones (esos pasillo que tan bien hacía recorrer a sus personajes) abandonó el camino científico adentrándose en las artes. Pintor, escritor, pensador, un hombre con todas las letras. Cada uno de sus trabajos invita a al reflexión, lleva al lector al punto del cuestionamiento propio, es que le permite al ser pensante, elevarse, crecer en lo intelectual. Quizá en este fragmento de Sobre Héroes y tumbas, podamos ver parte de la mágica forma de escribir del Maestro Ernesto Sábato:

     

    Y como Martín le preguntó si entre dos seres que se quieren no debe ser todo nítido, todo transparente y edificado sobre la verdad, Bruno le respondió que la verdad no se puede decir casi nunca cuando se trata de seres humanos, puesto que solo sirve para producir tristeza y destrucción. Agregando que siempre había alentado el proyecto (“pero yo soy nada más que eso: un hombre puro de proyectos, agregó sonriendo con tímido sarcasmo), había alentado el proyecto para escribir una novela o una obra de teatro sobre eso: la historia de un muchacho que se propone a decir siempre la verdad, siempre, cueste lo que cueste. Desde luego, siembra la destrucción, el horror, y la muerte a su paso. Hasta terminar con su propia destrucción, con su propia muerte.

     

     

    -Entonces hay que mentir- adujo Martín con amargura

     

    – Digo que no siempre se puede decir la verdad. En rigor, casi nunca.

     

    – ¿Mentiras por omisión?

     

    – Algo de eso – replicó Bruno, observándolo de costado, temeroso de herirlo.

     

    – Así que no cree en la verdad.

     

    – Creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida.

     

    En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza. Además, ¿sabemos acaso lo que es la verdad? Si yo lo digo que aquel trozo de ventana azul, digo una verdad. Pero es una verdad parcial, y por lo tanto una especie de mentira. Porque el trozo de ventana no está solo, está en una casa, en una cuidad, en un paisaje. Está rodeado del gris de ese muro de cemento, del azul claro del cielo, de aquellas nubes alargadas, de infinitas cosas más. Y si no digo todo absolutamente todo, estoy mintiendo. Pero decir todo es imposible, aun en este caso de la ventana, de un siempre trozo de la realidad física. La realidad es infinita y además infinitamente matizada, y si me olvido de un solo matiz, ya estoy mintiendo. Ahora imagínese lo que es la realidad de los seres humano con sus complicaciones y recovecos, contradicciones y además cambiantes. Porque cambia a cada instante que pasa, y lo

     

    que éramos hace un momento no lo somos más. ¿Somos, acaso, siempre la misma persona? ¿Tenemos acaso siempre los mismos sentimientos? Se puede querer a alguien y de pronto desestimarlo y hasta detestarlo. Y si cuando lo desestimamos cometemos el error de decírselo, eso es una verdad, pero una verdad momentánea, que no será más verdad dentro de una hora o al otro día, o en otras circunstancias. Y en cambio el ser a quien se la decimos creerá que ésa es la verdad, la verdad para siempre y desde siempre. Y se hundirá en la desesperación.


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