• Los matadores de sueños, del escritor argentino Miguel Andreis

    Nos encontramos con la clásica conjunción de escritor y periodista, tanto monta, monta tanto... que decimos en España. Miguel Andreis es el editor de EL REGIONAL Semanario, de circulación en la ciudad cordobesa de Villa María y su región.

    Como escritor lo encontramos en 2009 presentado sus obras en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un acto patrocinado por la Universidad de Villa María, Córdoba.

    De sus muchos y excelentes relatos, en la sección cultura les presentamos "Los Matadores de Sueños" y en nuestro apartado de tango MILONGUITAS los espera un relato prostibulario.

    LOS MATADORES DE SUEÑOS

    De Miguel Andreis
     
    Miguel Andreis, periodista y escritor argentino de Villa María, Córdoba, Argentina

    Desde chico siempre fue un tipo con una indefinida actitud de crueldad. Nunca pudimos determinar si lo hacía intencionalmente o era un simple acto involuntario. Lo importante es que indefectiblemente molestaba. Era su objetivo.
     
    Le encantaba ir al cine antes que todos y el sábado a la noche, cuando armábamos la salida para la matiné del domingo, en el Alhambra, se apresuraba a contarnos el final de la película. Entonces el entusiasmo de la pantalla grande se diluía. Es la ilusión de desconocer el final lo que mantiene las expectativas en proyección. Rara química la del “Colorado”, le encantaba destruir ilusiones, lo peor es que siempre lo lograba.
     
     
    Casi siempre. Llevarse la pelota en mitad de un partido de contrabarrio que íbamos ganando, era común en él.  Fuimos creciendo juntos. Incómodamente con él. Ya más grande, le sería suficiente saber que se armaba un viaje en moto, para presagiar desde lluvias hasta accidentes. Lo esencial era no dejar que las ilusiones de los demás tomaran vuelo. Si alguien de la barra gustaba de una piba él se encargaba, si era necesario con datos inventados, destruir cualquier esperanza de amor.   Sin límites  El pobre ´Gringo Berto´, para quien el mate cocido era el alimento cotidiano y cualquier par de zapatillas viejas, de segunda mano, un regalo invalorable, estaba lleno de sueños. La realidad de carencias multiplicadas lo obligaba a fantasear.
     
    Contaba que cuando dormía y soñaba cosas lindas, seguro, pero seguro que caía el ´Colorado´ a golpear en su casa y despertarlo. Es como si adivinara, decía, porque en ocasiones le tiraba piedras sobre el techo de zinc para sacarlo del sueño. Un día Berto apareció enojado en la esquina. Ni saludó y nos contó casi llorando, mientras se planchaba con las manos un remiendo desprendido del corto pantalón:  “Estaba soñando, narró con esa voz de papel crujiente- que mi vieja me había regalado un par de “Flechas” nuevas, blancas, blancas. Y corría loco de contento... y hasta me dejó que me las pusiera para ir a jugar un picado en el campito al frente del Expreso Sassi. Estaban todos haciéndonos barra: El “Chelo”, “Benito”, “Tancacha”, “Juanillo”, “Debernardi”.  Y ganamos con tres goles míos, los chicos me llevaban en andas y gritaban ´Bertoooooo, Bertooooo´ justo, justo ahí empezó el Colorado a bramar al lado de mi cama. Me despertó”.
     
    Berto reconoció que esa siesta lloró, y  desde entonces nunca más había tenido un sueño agradable. Es decir nunca más pudo vagabundear con las fantasías. Estaba convencido que el Colorado le espantó para siempre en encanto de soñar cosas lindas. Era, en definitiva, un tipo con vocación de rompedor de sueños.  Antes del servicio militar se fue a Buenos Aires. Y nunca jamás nadie de la barra tuvo noticias de él. Más aún, a nadie le interesaba, hasta que mucho tiempo después cuando...  
     
    Con la barra, de vez en cuando nos juntábamos  Era una turca muy singular que había superado los cincuenta, en el segundo paso del cometa Halley. Leía la borra del café y se animaba a contarte tu pasado y lo que es más misterioso, inventarte el futuro a través de, lo que aseguraba sin sonrojarse, sus poderes sobrenaturales.
     
    En una antiquísima caja de madera de ébano fileteado guardaba un organito, intacto, rojo con filetes negros, seguramente del pasado siglo. Pertenencia de su abuelo, contó, un ´baisano´ que durante años se ganó la vida moviendo la manivela cuadra por cuadra y desplazando los sonidos que del instrumento brotaban. Ella lo recibió de herencia, y asegura que desde entonces el alma de él, del organillero, se acurrucó en dicho aparato. Vos le das tu nombre, y él sólo, sólo, empieza a tocar el tema que más te gusta. Le di el mío y comenzó la melodía de Unicornio.
     
    Efectivamente era mi tema predilecto. Volví a Villa María y conté a los amigos aquél hecho que me conmocionó ¿Realmente estaba el espíritu de turco que te leía los gustos? ¿Quién le pudo decir de mis gustos si nadie me conocía? Sencillamente quedé turbado. Berto, era un soletrón que hablaba poco, escuchó fascinado el relato. ¨Quiero conocer Buenos Aires, el próximo viaje voy con vos” dijo sin agregar más nada. Partimos.
     
    En el camino, casi con timidez, me pidió que lo llevara a la casa de la aludida Turca. Estaba encantado. Me confesó que tenía esperanza de recuperar la capacidad de soñar que había perdido en la niñez culpa del...  Ella, la turca, levantó la tapa de la vieja caja, le preguntó el nombre completo, escribió unos números e hizo girar la manivela y mágicamente comenzó a sonar “Puerto Mont”, viejo tema de Los Iracundos.
     
    Los sonidos llenaban la sala, Berto enmudeció y los ojos se volvieron dos torcazas al sol. Sí, ése era su tema preferido. La magia de los sueños volvía a pertencerle. ¡ recuperó los... !  ¿Cómo supo que era mi tema...?  La mujer, murmuró algo en voz alta y desde otra pieza llegó su marido con una jarra de café, era un tipo de rostro rojizo, de escasa cabellera, canosa y desteñida, y un vitiligo calcado en su rostro.
     
    Nos miró, verificaba, abrió grandes los ojos y gritó “eiiii Berto... eiii Pájaro, ¿¡¡¡Cómo andan, qué hacen acá!!!? ¿No me reconocen, no se acuerdan de mí? Eeiiii, soy el Colorado, en que vivía por la calle San Juan”. Buscó estrecharnos en un abrazo. Apenas estiramos la mano. Supimos al instante de quién se trataba. La turca observaba.
     
    Berto, maravillado hasta lo indecible no podía dejar de mirar la caja de madera y pensar en el organito “¿Cómo supo que era mí tema, cómo?”  El Colorado creyó intuir qué le sucedía y pícaramente le dijo;  “tranquilo Berto, tranquilo. Yo te voy a explicar cómo funciona este organito, cómo sabe lo que vos.. En realidad esto es una tra...”.
     
    “Basta, basta gritó Berto con el rostro desencajado. No quiero ninguna explicación, no quiero saber cómo funciona. Basta. Para mí es mágico. Entendés, es MAGICOOOOOOO... MAGICOOOOOOO.  Salimos sin despedirnos. Antes de llegar a la esquina, eufórico como un niño y casi a las carcajadas me dijo “No podía quedarme y dejar que este Colorado de mierda me volviera a quitar la posibilidad de soñar nuevamente... Secándose las torcazas en los ojos murmuró ¡Sabés, sabés lo feo que es vivir sin sueños!...”

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    Lista de comentarios

    JUAN22/07/2010 21:31:53

    Es un cálido y significativo cuento, cuanta gente sobrevive en medio de ésta sociedad deshumanizada gracias a sus pequeños cotidianos sueños... Un saludo al autor. JUAN

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