Relato de Buqui Vatalaro: Pichincha

¿Rosarino?,
"Pichincha"... barrio de taitas y malevos
Ya he comentado muchas veces la rica vida cultural que tiene la ciudad de Rosario, cuna de la Bandera Argentina, a orillas del majestuoso Río Paraná. Entre nuestros muchos amigos en el mundo, nos podemos encontrar allí con un rosarino de ley y que sabe reflejar en palabras los rincones más típicos de la ciudad: Buqui Vatalaro.
Un poco contracorriente y porque hoy mismo unos personajes del libro Cabareteras de Luis Longhi (que comentaré en la revista de marzo y en esta web) me llevaron a Richieri, Pichincha, Ovidio Lagos, Salta, Jujuy, Brown, Avenida Francia, Rosario Norte... el muy marginal pero pintoresco barrio de Pichincha en la primera mitad del Siglo XX problemático y febril.
Dejo para más adelante otros relatos de Buqui y le hincamos el diente literario a este relato entrañable, fotográfico y emocional de una parte de Rosario que yo ya casi conocí cuando estaba perdiendo su esencia. Pero seguirá siempre siendo reducto tanguero.
Avanti José Alberto... desembuche,
"Pichincha"
Barrio caliente, prostibulario y canalla…
Rosario, ciudad gringa, “hija de su propio esfuerzo”, fue creciendo a la vera del río. La expansión demográfica dio lugar a un desarrollo comercial del cual la prostitución no quedó excluida.
A tal punto, que se tuvo la necesidad de dictar una ordenanza, allá por 1874, reglamentando las actividades de las llamadas “casas de tolerancia” instaladas, por entonces, en la zona céntrica de la ciudad.
Encolerizados vecinos del centro alzaron sus voces de protesta en contra de tan “vil actividad” llevada a cabo por rufianes y prostitutas. Las “madamas o regentas de quilombo” eran las encargadas de cobrar a los clientes a cambio de un efímero y antiguo placer. Entre ellas: Amelia, la paraguaya; la China Renga; Ana, la catalana; la Vieja María; Rosita, la correntina. Señoras casi anónimas pero que fueron antecesoras, nada menos, de la célebre “Madame Safo” en el corazón de la espléndida Pichincha. En la calle Ricchieri, no hace mucho tiempo, algunos clientes solían preguntar por la popular “Gorda Doscientos” para cerrar algún trato.
A comienzos del Siglo XX se hicieron varios intentos de reglamentar las actividades prostibularias, no tanto por el hacinamiento y la promiscuidad que ellas ocasionaban en la zona, sino y fundamentalmente, por las primeras apariciones de los “tratantes de blancas”.
Alrededor del diez por ciento de la población de la ciudad vivía en conventillos a fines del 900, casi once mil personas en condiciones de favorecer la prostitución.
Piezas del tamaño de un calabozo con su cama, la palangana enlozada para el aseo previo y post amatorio y una o dos apestosas letrinas a compartir conformaban la deprimente escenografía de esos “templos del placer”.
Pero, en los albores del Siglo XX, se progresó con la aparición de edificios más refinados y hasta lujosos en su construcción. También, en la calidad de las mujeres ofrecidas a trabajar en ellos. Por aquellos tiempos, a la vez que decaía el interés por la tauromaquia que se practicaba en la Plaza de Toros en la actual esquina de Córdoba y Dorrego, surgían obras importantes como el Jardín Zoológico y el Hipódromo del Jockey Club.
Por fin, en 1903, se modifica la Ordenanza Nº 27 que estableció la obligatoriedad de una zona precisa para llevar adelante el lucrativo funcionamiento de los “quilombos”. Los prostíbulos comienzan a ser de 1º y de 2º categoría, catalogados también por su ubicación.
Los propietarios de burdeles se vieron favorecidos en 1906, con el dictado de una nueva norma que establecía la muerte de los “cafés con camareras” que, en realidad, constituían una competencia peligrosa para los intereses de los quilombos, que se trataba de proteger sin mayores disimulos.
Los sectores o zonas de prostíbulos fueron conformando un área que se extendió en la ciudad, con algunas limitaciones; no obstante, era como un preanuncio de la pronta aparición de una zona determinada, en realidad un barrio entero dedicado a la “mala vida”: Pichincha... la querida y nunca olvidada “comarca canalla”.
Buqui Vatalaro
(Del libro: “Rosarino, tanguero y canalla”)
(Cuadro de Alberto Bono, pintor y bandoneonista rosarino, como el autor de este relato)
