AQUEL DÍA DE 1972
EN ARGENTINA
EL DR. ARTURO UMBERTO ILLIA
VIAJÓ A MIRAMAR
Un correligionario suyo, Carlos Trotta Constantino, recuerda esas horas pasadas con el ex presidente argentino. Es un relato que permite evocar los valores personales y políticos del bonaerense, nacido en Pergamino, querido médico de Cruz del Eje, Córdoba, que llegó a la más alta magistratura de Argentina
VIVENCIAS
En el año 1972 viajamos en mi coche a la ciudad turística de Miramar (Argentina) próxima a la también turística Mar del Plata, en el sur de la Provincia de Buenos Aires, el ex Presidente de la República Argentina Dr. Arturo Umberto Illia; el Dr. Biglieri, ex Diputado de la Nación y quien esto escribe, con motivo de la proclamación del candidato de la Unión Cívica Radical (U.C.R.) a la Intendencia (Ayuntamiento) de esa localidad.
La experiencia fue única y de excepción. Hoy los tantos años transcurridos me permiten tener la más que suficiente objetividad como para reafirmar las deducciones que quedaron de esas 48 horas que pasé muy próximo a Don Arturo.
Y quiero recalcar lo de Don Arturo porque pude comprobar su dimensión humana, su sencillez, su sabiduría, su calidez, su hombría de bien.
Por ese entonces tenía 72 años, pero por la vitalidad demostrada aparentaba muchos menos, porque luego de 6 ó 7 horas de viaje, asistimos a un acto multitudinario en donde era la figura principal; los asistentes, sin excepción, querían acercarse a él, tocarlo, estrechar su mano, intercambiar un saludo, entre ellos algunos muy emotivos que desprendieron más de una lágrima.
A todos ellos respondía sin el más mínimo signo de cansancio, de fatiga, de fastidio, a todos y a cada uno de ellos le brindaba una frase, un gesto, acompañados siempre con su sonrisa característica, que no era precisamente la sonrisa amplia y de marketing que usan y lucen los políticos de la actualidad.
Luego de varias horas nos indicó, a los más allegados, que fuéramos a cenar. Así lo hicimos, y luego de un par de horas apareció sólo en el restaurante, cenó con nosotros y decidió irse a dormir, sólo también, a un chalet que le habían preparado para descansar.
Me ofrecí a ir a dormir también en el chalet. Me respondió ¿Por qué? Me puso en un aprieto. Le respondí que tal vez necesitaría algo y yo podría procurárselo. Agradeció mi propuesta y me recomendó que no me acostara muy tarde, ya que a la tarde siguiente teníamos que realizar 500 Km. para regresar a Buenos Aires. Eran las 2 de la madrugada.
A las 10 de la mañana fuimos a desayunar pensando en ir a buscarlo, pero nuestra sorpresa fue mayúscula al enterarnos que desde las 9 horas estaba concediendo entrevistas; había mucha gente agolpada en los alrededores, dándole pruebas elocuentes del afecto que le profesaban, tanto por personalidad como por lo que había representado para el país.
Durante el viaje de ida y vuelta pude comprobar las reacciones y las manifestaciones de la gente, de sorpresa primero al reconocerlo y luego, las más diversas de afecto, de cariño, de aliento.
Volvíamos por la ruta 2 (Buenos Aires – Mar del Plata) un domingo por la tarde y, como en todas las carreteras principales, había un fenomenal atasco. Don Arturo me indicó que avanzara por el arcén, pero unos kilómetros más adelante nos detienen la policía, con la consiguiente retirada del carnet de conducir. Me hicieron pasar a las dependencias policiales y allí expliqué el porqué de mi maniobra.
Cuando el oficial a cargo se enteró que viajaba en mi coche el Dr. Illia, me acompañó para saludarle, presentándole sus respetos y ponerse a su disposición, luego de lo cual ordenó a su personal para que pudiéramos continuar la marcha. Por supuesto, la gente (mucha) que allí había, incluidos los policías, muy alborozados, saludaban con verdadero entusiasmo, en evidente, otra vez, prueba de sincero cariño.
Estábamos en 1972. Los Montoneros ya estaban actuando. Mucha convulsión política y social: secuestros, extorsiones, atentados, asaltos a bancos, asesinatos, represión policial, inseguridad ciudadana. Época en que el General Lanusse, presidente de la República, pronuncia la famosa frase: “Perón no vuelve al país porque no le da el cuero…” (Porque no tiene c……).
Pero a pesar del clima de confusión en que vivía el país, Don Arturo andaba a lo largo y a lo ancho del territorio nacional sin escoltas…
Arturo Umberto Illia y Charles De Gaulle, en Argentina
Y hablando de escoltas, Siendo Presidente (1963-1966) era un problema para sus escoltas, porque sin previo aviso salía de la Casa de Gobierno para caminar por las calles céntricas de Buenos Aires, para tener contacto directo con la gente; como así también cuando la Central Obrera CGT (peronista) organizaba huelgas generales, se acercaba a las zonas industriales y les preguntaba a los huelguistas porque hacían huelga y estos no sabían que contestar… enmudecían (esto pudo observarse a través de los informativos de las televisiones argentinas en su momento).
Bajo su presidencia se subió el presupuesto educacional; se bajó el de defensa; se pagó las dos terceras partes de la deuda exterior; había estabilidad en el gobierno: en su mandato el único cambio que hubo fue el reemplazo del Dr. Blanco, Ministro de Economía, por su fallecimiento; se anularon los contratos petroleros por ser lesivos para el país; en fin, un país encausado por un gobierno dirigido por la persona indicada para esos momentos. Un país que había encontrado el camino de la calma, del progreso, de la educación, del respeto, del orden.
Portada de Revista Panorama, Oct. 1965
Sus detractores le llamaban “La Tortuga”, no encontraron mejor apelativo para denominarlo: sin prisa pero sin pausa, con paso firme, sabiendo hacia donde se dirigía.
El 28 de junio de 1966 regresaba a mi casa luego de una jornada en la Facultad, eran las 23.45 hs. Al cruzarme en plena calle con un hombre que venía escuchando una radio a transistor, me comunica, medio sollozando y con la voz entrecortada, que habían derrocado al Dr. Illia de la Presidencia de la Nación. Desazón. Desconcierto. Rabia. Impotencia. Todo junto me asaltó en esos momentos.
El Presidente Illia, con Onganía
El sollozo de ese hombre sería el preludio del llanto en que se vio sumida la República Argentina en los años venideros. Todavía no nos hemos secado las lágrimas. Un General de la Nación, Juan Carlos Onganía, se alzó en armas contra el Gobierno legítimamente constituido. Traición de lesa humanidad. Es uno de los causantes de lo que luego ocurrió (y ocurre) en el país. La historia lo colocará en el lugar que tiene reservado para los irracionales domésticos.
Carlos Trotta Costantino
Psicólogo